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lunes, 22 de enero de 2018

SENTENCIAS







Antes de afirmar, dudar. Descartes creía necesario que todo ser humano pase por un tiempo de reflexión, al que él llamó duda metódica, para alcanzar una verdad indudable.
Es este tiempo de tantas certezas sin contrastar y sin reflexionar, nos vendría bien volver a Descartes.
Os dejo este divertidísimo sketch de Pantomima Full sobre amigo que todos tenemos, “el sentencias”.

El cerebro y emociones Antonio Damasio





Nosotros como filósofos debemos aceptar que el genio de Descartescometió un grave error: menospreció las emociones. Para Descarte ser humano equivalía a ser racional. Nada más lejos de la realidad.

viernes, 19 de enero de 2018

Descartes, el personaje


Descartes dijo:

No hay nada repartido de modo más equitativo que la razón: todo el mundo está convencido de tener suficiente.

La multitud de leyes frecuentemente presta excusas a los vicios.

Es prudente no fiarse por entero de quienes nos han engañado una vez.

La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres.


¿Pero quién era este desconfiado y solitario pensador que tanta estela dejó en la historia del pensamiento occidental? Existen muchas biografías en la red, que puedes encontrar fácilmente. Pero te recomiendo otro enfoque.

Hay una bella novela en la que puedes descubrir que quizás pudieron ser más importantes que el filósofo francés las mujeres que lo rodearon.
Se trata de "Herba moura", de la escritora gallega Teresa Moure. Es un precioso libro que trata de:

"A través de los personajes principales, casi todos mujeres, reflexiona sobre la situación de la mujer en la sociedad, desde el siglo XVI hasta la actualidad: las costumbres sociales, el ideal de belleza, el matrimonio, la maternidad, los tabúes sobre la menstruación y el sexo … Las mujeres de la novela (la reina Cristina de Suecia, la herborista Hélène Jans, la estudiante Einés Andrade) se apartan del camino marcado, de lo que se espera de ellas; todas tienen en común su amor por el conocimiento, por la escritura, y las renuncias que tienen que hacer para poder continuar ese camino elegido por ellas. Y también tienen en común su relación con el filósofo Descartes, como maestro, como amante, como objeto de estudio.
Fuente: Club de lectura

Además, sobre el final de Descartes en Estocolmo, existe una investigación que demuestra que fue envenenado por arsénico. Una vida y una muerte de novela ¿no?
Noticia sobre el envenenamiento

El libro que golpeó a Descartes


La mayor felicidad es comprobar que aquellas personas que te escuchaban cada día en el aula han llegado a ser unos adultos que piensan y crean con tal autonomía y calidad.
Aquí tenéis el relato de un alumno que pasó por el Turaniana y que hoy es un buen escritor. Además entendió muy bien a Descartes.

Podéis leer en su blog otros interesantes textos


El libro que golpeó a Descartes
Esta mañana he oído una voz. Al principio, pensé que eran imaginaciones, una de tantas que pueblan un espíritu envenenado por cierta locura. Por ello, no le presté la menor atención y continué durmiendo. Pero, como ocurre cuando uno quiere conciliar el sueño, la voz que antes había hilado palabras lejanas y ajenas se dirigió a mí.

- Romain, ma foi, ¿acaso no me oyes?

¡Cómo no lo iba a oír con esos gritos que me profería junto al oído! Me hice el sordo, porque me dio un poco de miedo pensar que una voz tan extraña me hablaba a mí.

- Soy Descartes. ¡Soy la voz de yo pensante!

La voz de mi yo pensante, pensé. Y claro, pensar en mi yo pensante implica hablarle a mi yo pensante.

- Claro, Romain, soy esa voz. Si piensas, yo te oigo. Si reflexionas, te presto atención, porque, amigo, lo quieras o no, cogito ergo sum. Pienso porque existo, ¿no lo sabías? Si estoy pensando, es indubitable mi existencia.

- ¿Perdona? No sé a qué te refieres.

- ¡Cuánto piensas y qué poco provecho le sacas! Romain, una vez me propuse demostrar de un modo razonado la existencia de las cosas certeras, siguiendo un proceso que clasifique en cuatro reglas. Como no podía fiarme de nada, decidí dudar de todo. Imagínatelo un momento: oteas el horizonte y te parece que las montañas de atrás son casi iguales que las precedentes; comes algo dulce después de algo salado y el sabor es diferente; te introduces en el mar y ves a tus pies una hermosa piedra que, aunque parece cercana, no puedes asir sin sumergirte. Son tantos los engaños de los sentidos que cómo confiar en ellos.

¡Qué yo pensante más pesado acababa de despertar en mí! Abrí los ojos y lo que vi me pareció tétrico: una inmensa oscuridad. La realidad había quedado redudida a un manto oscuro.

- Mira, seas quien seas, mi consciencia o lo que quieras hacerme creer, me estás poniendo de muy mal humor. Quiero dormir y descansar.

- Dormir, dices, mon dieu. ¿Cómo sabes que ahora no estás dormido?

- Sé que no estoy dormido, porque me estás incordiando. Sé que no estoy dormido, porque soy dueño absoluto de mis movimientos (moví la mano derecha y me rasqué la nariz). Así que o me devuelves mi realidad o me vuelvo sordo para la eternidad.

Fue en ese momento cuando se apareció ante mí un hombre de pelo largo y aceitoso, de nariz aguileña y de mirada ausente. El señor hizo aparecer una caldera y se tapó el cuerpo con una manta marrón. Acto seguido, hizo aparecer una silla y un pupitre, sobre el cual descansaba una pluma con tinta y una montaña de papel color café.

- Aquí me tienes. Piensas en mí, luego existo; porque tú también existes. Has entrado en el proceso del método cartesiano; por ende, borras todo para comprobarlo desde el principio.

- Muy bien, como desees -comenté y no volví a hablar hasta que el bigotudo señor pronunció su discurso.

- Como te iba diciendo, los sentidos mienten y es imposible distinguir la vigilia del sueño. Esto nos lleva al siguiente paso: hay en nuestro entendimiento un malin génie, un ser astuto que se dedica a hacernos captar la realidad de un modo equívoco. Que yo piense implica necesariamente mi existencia, ¿No? Y en mi existencia tengo ideas adquiridas de nacimiento de las que sería imposible dudar, porque me hablan de cosas que en el mundo no he conocido: la idea de infinito. Si en el mundo las cosas son finitas, debe existir algo que no lo sea. ¿Quién? Sé que te lo preguntas. (Profiere una risotada sonora) Dios. Dios es esa entidad infinita. Y si él existe, el mundo ha de existir también. Él es infinitamente bueno y veraz, el mundo ha de existir, ya que él no me va a engañar. Él ha puesto esa idea en mí.

Ya cansado de tanta metafísica y planteamientos cartesianos, me froto los ojos, estiro los músculos, carraspeo y le digo a Descartes:

- Muy bien. Te he escuchado atentamente. El mundo existe porque camino sobre la tierra, tropiezo con piedras, me caigo mil veces, erro, otros muchos sufren lo mismo que yo, compartimos sentimientos, saberes, colores, sabores y tantas otras cosas, que por más que lo intentes explicar a través de tu duda, jamás podrás hacerlo. El mundo existe. Tu idea de infinito, que has llamado Dios, es una bobería. Si tu Dios es infinitamente bueno y veraz, por qué demonios (nunca mejor dicho) no lo vemos ni siquiera con tu fabulosa razón. Es más, si Dios es infinitamente bueno, no te permitiría dudar del mundo ni de nada, porque lo conoces gracias a los sentidos que él te ha dado; ni habría geniecillos astutos. Pero es más, si Él es un ser tan infinitamente bueno, también ha de ser infinitamente malo, porque, amigo, lo que es infinito lo es en todos los sentidos. Y otra cosa, lo es que infinitamente infinito, ha de ser, asimismo, infinitamente finito. Por consiguiente, au revoir, Dios, elijo tu esencia infinitamente finita y te elimino de la existencia.

Descartes se pone a temblar y la realidad surge por artes mágicas frente a mí. La silla, la mesa, los papeles color café y la caldera desaparecen. Descartes se cae de culo contra el suelo, se pone de pie, arreglándose la manta que cubre su cuerpo y me mira con enfado.

- Por cierto, tipo insensato que osas desconcertar mi tranquilidad onírica, ha llegado la hora de que te enseñe lo que la realidad puede hacerte.

Agarro el libro que está sobre mi mesita de noche, apunto al intelecto de Descartes y se lo lanzo con fuerza. El libro golpea la cabeza del francesito y lo tumba.

- Siento haberte golpeado pera ya es hora de que alguien lo haga.

Descartes se levanta algo trastornado y me mira. Enseguida, afirma con la cabeza y comenta:

- Tienes razón, ese libro que yo creía existente por artes de beneficiencia divina ha alterado mi res pensante. Si un golpe me hace pensar así, por obligación ha de existir el objeto que altera mi primera verdad indubitable -Descartes desesperado observa la maravilla de cuarto que tengo y, nervioso, agita la cabeza- ¿Cuál era mi primera verdad indubitable?

-Mejor que no la recuerdes. Tu planteamiento es sorprendente. Con haberlo hecho una vez, basta.

Me doy media vuelta y me pongo a dormir. Descartes, feliz de no tener que plantearse dudas cada dos segundos, desaparece de mi habitación y se dispone a conocer el mundo y sus encantos.

Cogito, ergo sum. Un planteamiento que cambió el pensamiento, pero que desgraciadamente no implica existir. Pensar es una acción, por lo que siguiendo el plantemiento toda acción implicaría existir. Pero bueno, nos conformaremos con creer en él.

Romain duerme tranquilamente hasta que el despertador suena. Con el discurso del método, que reposa sobre su mesita de noche, apaga el despertador y, malhumorado ,piensa "¿Por qué existo?"

Anécdotas sobre Descartes



Una de las cabezas más ilustres del panteón de filósofos, Rene Descartes, sin embargo acabó perdiendo su cabeza... o mejor dicho, acabaron perdiendo su cabeza... literalmente... dieciséis años después de su muerte su cadáver fue exhumado a petición de sus amigos y llevado a París, salvo su dedo índice derecho, que se lo quedó el embajador de Francia, ya que quería poseer el dedo de quien escribió “cogito, ergo sum”.Durante el viaje, alguien le cambió el cráneo por el de otro muerto, y el verdadero pasó de mano en mano hasta que llegó definitivamente al naturalista francés Georges Cuvier (1769-1832).



Descartes, quien consideraba que en la naturaleza, podiamos encontrar (además de Dios) dos tipos de sustancias diferentes, la rex extensa y la cogitans, llegó a la conclusión de que el funcionamiento del cuerpo del hombre, ya que es sólo materia, debía ser identico al que rige pàra las leyes físicas de la mecánica. Esta teoría, que podemos encontrar en el "Tratado del hombre", fue tan asimilada por el autor que se dice que René, que además era gran aficionado a las ciencias ocultas, cual moderno pigmalion, construyó un autómata femenino que le acompañaba en todos sus viajes: así estuvo hasta que el capitán de un barco en el que viajaban la arrojó por la borda, sin saber nada de ciencia, diciendo que “era obra del diablo”.